Síntesis biográfica

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PRIMEROS AÑOS

Repican a muerte… Es el 2 de noviembre de 1947. En un pequeño mirador de la calle Comerío de Bayamón, Doña Ana Belén trae su tercer vástago al mundo: «Aníbal». Un parto difícil que estalla en una vida nueva. Aquella criaturilla que pasaría su vida siempre entre enfermedades. Su padre, Isabelo Reyes; fue un hombre trabajador, preocupado en llevar el pan de cada día a la mesa del hogar.

Recibió las aguas del bautismo en la Iglesia de la Santa Cruz. Aún se conserva la pila bautismal donde nació a la vida de la gracia. Nunca abandonó el catolicismo, por más que su padre, en la ingenuidad de su ignorancia religiosa le instara a ir a la Iglesia Luterana. Para él, aún de pequeño, siempre fue el Catolicismo, su Iglesia. Doña María “la viuda” se encargaba de llevarle a la Casa de Dios, a las procesiones, a recibir los sacramentos.

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En aquella vida pobre, la felicidad era clima común, sobre todo, en los tres hermanos: Junior, Cuca y Toco (Aníbal). El miradorcito era un ventanal de esperanza y un taller férreo de educación “a la antigua”. Allí se curtió la personalidad de nuestro Padre Aníbal. El “niño anciano” que en el mundo de silencios y observaciones aprendió a amar y a crecer. Siendo niño, don Chaelo emigra como muchos puertorriqueños a la gran Urbe, New York. Allí irá también su familia. Iban a probar fortuna y oportunidades de empleo. Después de dos años, la familia regresó a Puerto Rico. Un incidente en la vida de nuestro Aníbal provocaría este repentino éxodo, un italianito había roto una botella de cristal y dejó su manita derecha marcada para siempre.

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A los nueve años hace su primera comunión en la Parroquia del Perpetuo Socorro, regentada por los Padres Dominicos. A esta tierna edad sufre una crisis que marcará su vida para siempre. Es un Padre dominico quien le ayuda a superar una crisis existencial de las que nos habló en varias ocasiones. Ante el misterio de la muerte se estremeció toda aquella vida pujante e infantil. Un familiar había muerto y el niño vio el enterramiento. Así comenzó una crisis que se agudizó hasta el extremo de no encontrar una salida, al problema de la muerte. Aquí es donde el Sacerdote le lleva ante la Virgen y le consagra a Ella. Fue el primer encuentro vital con María, Madre de la Vida… Allí despertó para él un mundo que se agigantará… María será su todo.

CAMINO DE CONSAGRACIÓN

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Vivaracho, juguetón, inteligente, pero inmerso en un mundo de ideales poco comunes, pronto se aviva la llamita tenue que secretamente llevaba en su corazón. A los quince años ya manifiesta a su padre la decisión de ser sacerdote y consagrarse a Dios en la vida religiosa. A los dieciséis años entra al aspirantado de la benemérita Orden de Santo Domingo. Poco a poco descubre que allí no es su lugar. Las corrientes secularizantes van dejándose sentir como un frío polar. Su alma es para temperaturas altas. Es hombre de fuego…

Pide a la Virgen le muestre otro lugar. En su Parroquia natal conoce a los Misioneros Hijos del Corazón de María. Y con ellos reemprende su caminar vocacional. Le atraían aquellos dos misterios que eran amor y ornato del Instituto: la Eucaristía y el Corazón Inmaculado de María.

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En su Noviciado, que realizó en tierras de Extremadura y finalizó en Loja, Provincia de Granada, bebió aquellas aguas claras del Santo Fundador, San Antonio María Claret. Pero su Noviciado fue el comienzo de una crisis renal que se agudizará a lo largo de los años y que será, en gran parte, la causante de su fallecimiento. Tendrá incluso que ser intervenido quirúrgicamente. Aquellos riñones le proveerán todo el dolor para sus sacrificios y su santificación. Terminado el Noviciado, es traído a Puerto Rico donde estudiará su filosofía en la Universidad Católica de Ponce.

CONTACTO CON SCHOENSTATT

Esta etapa de su vida es muy rica. Aquí en el año 1971, conoce al Padre Guillermo Esters y a la Hermana María Petra, que son responsables del incipiente nacimiento del Movimiento Apostólico de Schoenstatt en Puerto Rico.

En una de sus visitas a la capilla de la Virgen, según nos contaba él, de la Divina Pastora, vio reunirse aquél grupo y se interesó por él. De ahí en adelante el Padre Guillermo le irá introduciendo en el mundo de Schoenstatt y en la vida del Padre José Kentenich, Fundador de la Obra, que vendrá a dar respuesta a muchos interrogantes que él llevaba en su corazón. Son los días en que la Teología de la muerte de Dios hace sus estragos. Y en el alma de nuestro seminarista la palabra certera del Padre Kentenich le ayudó a madurar su reflexión, y a dar respuestas claras en la vida.

Schoenstatt cayó en un alma virgen y mariana. Había una corriente de connaturalidad, una vocación, como nos dirá después. Ese mismo año ya realiza su Alianza de Amor con la Madre Tres veces Admirable de Schoenstatt. Su labor apostólica será preferentemente ganar hijos para la Mater. Viajará en varias ocasiones a Alemania donde, al contacto con el Schoenstatt original, crecerá su amor hacia el Padre Fundador y la Virgen.

SACERDOCIO

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Terminados sus estudios teológicos en el Seminario “Santo Tomás de Aquino” en Santo Domingo, regresa a Puerto Rico en 1974 para recibir su Ordenación Sacerdotal. Con él estaban sus “hijos”, muchos que ya le sentían como Padre, sus vocaciones, sus religiosas, y un pueblo que intuía “algo especial” en aquel seminarista siempre dado a las cosas de Dios. Recibió la imposición de manos de S.E.R. Luis Cardenal Aponte Martínez, recién agregado por Pablo VI al Colegio Cardenalicio. Presenció el acto S.E.R. Mons. Giovanni Gravelli, Delegado Apostólico para Puerto Rico.

EN TIERRAS DEL PAPA

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Después de unas semanas en su tierra, partió hacia Roma. La ilusión de su sacerdocio pronto tomó ribetes una gran cruz. Roma respiraba aires poco aptos para un sacerdocio vivido santamente. El Papa sufre, como sufre la Iglesia entera, al ver las secularizaciones abundantes. El sacerdocio es sistemáticamente contestado. Allí aprendió a amar a la Iglesia y al Sacerdocio en la fidelidad incondicional al Pontífice.

Era la crisis de la Vida Religiosa que sintió en carne viva. Los “experimentos” que se convirtieron en un tormento para la Iglesia del Señor.

También él tuvo que sufrir la marginación de sus compañeros, por no ser “igual a ellos”. Por sostener valores sustanciales a los que no se puede claudicar. Su pureza, nunca fue mancillada, floreció hasta su muerte, intacta. Los dos años asfixiantes de Roma no acabaron desmoralizándolo. Obtuvo su licenciatura en Teología con especialidad en Vida Religiosa, Magna cum laude, en la Pontificia Universidad Lateranense. Su Tesina de Licenciatura versó sobre: “Vida Religiosa y Teología de la Liberación”. Sus conclusiones se adelantaron en 10 años a las esbozadas por la Congregación para la Doctrina de la Fe en su documento sobre Teología de la Liberación. Y esto, a pesar de sus crisis renales muchas de ellas sufridas en la soledad de su habitación.

EN SU PUEBLO NATAL

Destinado a Puerto Rico va a la Parroquia de la Ascensión del Señor. Su alma es un ascenso de amor continuo aunque la cruz le sea pesada. Aquí se da a ese pueblo hambriento que le busca y le reclama. Y eso mismo le hará sentir la furia de los “celos” de algunos agentes de pastoral. Para él todo fue un sufrir en silencio.

Trabajará por consagrar corazones a la Virgen en la Alianza de Amor. Ayudará a extender el Movimiento en Bayamón y en donde quiera que encuentre un devoto hijo de María.

Y su gran ilusión, formar una raza de sacerdotes nativos para la Iglesia. Quiere desde dentro de su comunidad ofrecer jóvenes valientes que gasten sus vidas por un sacerdocio cabal. Día y noche no para, en buscar esos jóvenes. No importa pasar un día entero sin comer y beber; todo es poco para consagrar un joven a Dios.

FORMACIÓN

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Este grupito crece. A raíz del Capítulo Provincial, le mandan a Santo Domingo a la Casa de Formación. Allá va con ilusión a preparar todo. Pero le recibe un pueblo malhumorado, que le insulta y le rechaza. No importa, el amor sabe sacar siempre amor. Sufre, no por él, sino porque sus jóvenes formandos tienen que crecer en un ambiente de contradicción. Por las calles le gritan: “Ratón… eres un ratón”.

Por estos días azotará el huracán David. Santo Domingo queda arrasado. El Padre entonces monta en aviones para recaudar ropa y medicinas para ese pueblo. También para los que le llaman “raton”. El amor no conoce límites. Incluso exponiendo la vida, viajando en el compartimiento de carga.

Después del huracán, marcharon al Seminario nuevo en las afueras de la Capital. La casa es mucho más acogedora, pero no por eso deja de probarle el Señor con la Cruz. Allí sufre dos hepatitis que le llevan a agonizar. Meses de dolor, de inyecciones… de una urticaria que le consume de pies a cabeza. No hay alivio moral ni físico. Y cuando entra en coma y todos dan por terminado el fin de sus días, aquella “SEÑORA” le visita y le señala un nuevo comienzo. Toda llena de luz, como nos dijo él. Compuso la canción “Madre de la Luz”, su canto de Amor y gratitud a María, con el dulce quejido de que Ella lo lleve a Jesús.

Poco a poco la voz de Dios se deja sentir más imperiosa en su alma. Don Baldomero Jiménez Duque hacía años que le instaba a salir y fundar. Fue su gran noche de fe… su voluntad frente a la Voluntad de Dios. Él solo quería ser fiel…

Se abandonó. Había que salvar algo de aquello, de sus interminables jornadas de trabajo vocacional. Y aceptar la dolorosísima Cruz de una Fundación. Así fue. Aceptó su “fracaso” como fundador, su estilo “anticuado”… Solo quería amar… desaparecer… hundir su vida en el surco de esa Cruz que le presentaba la Virgen.

EL CAMINO DOLOROSO DE LA FUNDACIÓN

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El 1 de junio de 1981 llegó a Campo Alegre, barrio del pueblo de Hatillo. Campestre y bucólico. Llegó enfermo… a empezar. Y ahora sí, a plasmar su propio espíritu. El 15 de agosto de 1981, a la 10:00 A.M. procedía el Señor Obispo a la erección de la nueva Fraternidad de “Esclavos de la Eucaristía y de María Virgen”.

Pero no fue un empezar fácil. Todo estaba por hacer. Se dormía en el piso, no había comida, el pueblo no le aceptó de buenas a primeras. Hubo quejas en el Obispado y firmas… Todo eso lo disipó el Padre con su sonrisa y el amor… mucho amor. Teologal, fuerte y viril… llameante… cálido… real.

Y así comenzó a construir un edificio material y espiritual bajo la ráfaga de la incomprensión y su enfermedad que le minaba. Meses y meses postrado, masticando su impotencia; palpando la sabia conducción de Dios… la presencia maternal de la Virgen en su obra.

El infierno se dejó sentir. El infierno irrumpió queriendo destruir al Padre y la Obra. Muchas veces impedía su oración, otras lo tiraba de la cama o en la enfermedad luchaba con el Padre. Y también, ¿por qué no?, le arrojó por la escalera cuando la comunidad hacía lectura espiritual. Pero sobre todo, luchó con los instrumentos que utilizaba para engañarle o para despiadadamente herirle, ofenderle, levantar contra él, persecución y calumnias.

Su mirada de profeta se levantaba más allá, por encima del oscuro manto de tinieblas que querían arropar su alma. Por eso quiso dejar en la cima de la montaña el Santuario de la Madre, Reina y Vencedora Tres veces Admirable de Schoenstatt. Ese es el gran estandarte de victoria. Siempre supo que no iba a durarnos mucho tiempo. Pero sabía que sólo bajo la sombra del Santuario su pequeña familia podría vencer en las futuras luchas que le esperaban. Quería una raza nueva, sacerdotal e invicta… por tanto, una raza mariana viviendo de la fuerza de la Alianza de Amor.

EL OCASO EN LAS LLAMAS DEL AMOR

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Poco a poco el pequeño gigante se fue desmoronando físicamente. Su cuerpo no respondía al ímpetu de su fuego, que le quemaba. Se abría paso hacia la eternidad por el dolor y el Amor, en un grito de esclavitud eucarístico-mariana para la Iglesia.

La gran prueba le vino al final con sabores de difamación y calumnia. Le acusaron al Obispo, lo difamaron abiertamente. Fue el preludio del fin y su “gran cruz”, como la llamó él. Fue su noche del espíritu… últimas purificaciones de Dios a su alma santísima. Sin embargo, sus escritos y charlas de esta época respiran ante todo, quietud, vuelo raudo de águilas, clima de cumbres…

El matrimonio espiritual se había consumado. ¿Qué faltaba? “Romper la tela…” de la fe, para dar paso a la visión facial… al cara a cara.

Un siete de octubre… La víspera, su Eucaristía fue su canto de cisne. Y la confesión de amor, de su alma, sedienta de luz, a María: “Te amo con el alma, con la vida y el corazón, simplemente por eso, porque eres mi Madre…” Cual niño que pide descansar… le pidió a Ella sus brazos para mecerse, dormir y despertar en el Cielo. Ese día en la tumba del Padre José Kentenich sus Esclavos sellaban la Alianza de Amor con María. El ideal del curso: “En fidelidad al Padre”. Ellos no sabían que su Padre Aníbal estaba ya en el cielo.

Durmió y despertó un siete de octubre, lluviosos y de muerte para Puerto Rico; la gran catástrofe de Mameyes. Todo un símbolo. Un pueblo que muere de espaldas a Dios. Y la muerte del Padre Aníbal, un estallido de santidad para la Iglesia.

El 27 de enero de 1986 se abrió su tumba para trasladar los restos mortales al mausoleo detrás del Santuario. Olor de rosas… incienso… pero olor real que perdura y exhala aquel cuerpo que se ofreció generoso a sufrir y padecer.

Su tumba es lugar de peregrinación para muchos. El les conduce a la fuente de su santidad; el Santuario, la Alianza de Amor con María y al Padre Fundador de Schoenstatt, José Kentenich. Allí acudió hace unos años la Madre Teresa de Calcuta. ¿Por qué? A visitar la tumba del hombre de Dios.

El grano de trigo que ofreció su vida por Schoenstatt florece… y va dando sus frutos… Esperamos un día su pronta glorificación.

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